Por Ulises Castellanos
Hay aniversarios que no sólo invitan a celebrar, sino a pensar. En este 2026 que apenas empieza, la fotografía cumple dos siglos desde que Nicéphore Niépce fijó en una placa de estaño la primera imagen estable conocida. Doscientos años después, sigo creyendo que esa chispa de luz sigue ardiendo, pero ya no en la química de un cuarto oscuro, sino en los circuitos invisibles de un algoritmo. Y sin embargo, en el centro de todo, todavía hay una pregunta: ¿qué significa mirar?
He pasado más de media vida detrás de una cámara –a veces buscando documentar, otras veces tratando de resistir el olvido– y he visto cómo la fotografía se convierte en espejo del tiempo. En mis primeros años, la “verdad” se medía en el grano de una película, en la exposición correcta, en esa emoción mínima al revelar una imagen que nadie había visto antes.
Hoy esa “verdad” se mide en píxeles, en filtros, en la capacidad de una inteligencia artificial para recomponer lo que “cree” que vio. La síntesis entre autenticidad y manipulación ya no es un destino; es una conversación diaria entre ética, estética y tecnología.
Cuando fotografío una historia, me enfrento cada vez más al dilema de lo “real”. Una imagen puede ser precisa, pero no necesariamente verdadera. Los avances digitales han democratizado la producción visual, pero también han multiplicado las posibilidades de distorsión. Tomamos fotos no sólo para recordar, sino para construir versiones de nosotros mismos. La cámara dejó de ser una herramienta pasiva: ahora interpreta, decide, incluso sueña. Y en esa frontera, el riesgo mayor no está en el algoritmo, sino en el ser humano que lo alimenta.
Los 200 años de la fotografía nos exigen una nueva responsabilidad compartida. Ya no basta con quién toma o edita la imagen. En esta comunidad de práctica entramos todos: fotógrafos, curadores, medios, editores, educadores y, sobre todo, audiencias. Somos quienes damos sentido a lo que vemos. La vigilancia crítica no significa desconfiar de la imagen, sino entender su contexto, su intención y sus consecuencias. Una foto puede informar o manipular, conmover o anestesiar, abrir los ojos o cerrarlos para siempre.
La fotografía nació como una promesa de verdad, se transformó en arte y ahora vive entre el algoritmo y la creación. A veces pienso que la gran tarea para el presente siglo no será perfeccionar la imagen, sino recuperar nuestra capacidad de sentirla. La cámara seguirá cambiando, pero mirar seguirá siendo un acto humano, un gesto de empatía y compromiso.
Al final, toda captura es una declaración de fe. No en la tecnología que la hizo posible, sino en el impulso humano por narrar el mundo con honestidad y respeto. Fotografiar sigue siendo, en esencia, una manera de decir: “esto importa”. Y mientras esa voluntad exista, la fotografía —vieja, cambiante, luminosa— seguirá siendo nuestra forma más pura de comprender el tiempo.
Aquí les dejo una imagen de Niépce de 1826, la que se considera como la primer fotografía del mundo, ahora restaurada dos siglos después con Inteligencia Artificial, para tener una idea de lo que este hombre veía en realidad, frente a lo que nos mostró en blanco y negro.





