Por Ulises Castellanos
Hay ciudades que llevan su historia marcada en la piel. Juárez es una de ellas. Durante años fuimos testigos de una pesadilla colectiva, una década completa entre 1993 y 2003, en la que el miedo, la impunidad y la injusticia se instalaron en sus calles. De hecho, mi primer viaje a esta frontera lo hice en 1999, cuando era editor de fotografía en el semanario Proceso, en medio de la tragedia que vivía esta ciudad y sus mujeres.
Aquella época dejó una herida profunda, un eco que seguimos aprendiendo a escuchar sin que nos paralice. No solo dolieron las ausencias: dolió el silencio, la mirada hacia otro lado, el paso del tiempo que parecía borrar todo menos el miedo. Pero, detrás de esa historia trágica, siempre hubo algo más poderoso: la fuerza de las mujeres juarenses, vivas, tercas, luminosas.
Hoy, a 27 años de aquella primera visita, me reencuentro con una ciudad fronteriza resiliente, dinámica y generosa, que cada día se supera a sí misma. Nada que ver con lo que registré también en otro viaje profesional, por ahí de 2011, en medio de la pesadilla generada por la narcoviolencia y sus estragos en esta misma ciudad.
Esta es ahora la nueva cara de nuestra frontera: mujeres que todos los días levantan a Juárez con su trabajo, su fuerza y su voz. Son las que caminan con determinación por avenidas y colonias, las que madrugan para sacar adelante a sus familias, las que sostienen negocios, hospitales, escuelas y hogares. Profesionistas que conquistan espacios; estudiantes que rompen expectativas; enfermeras que atienden sin descanso; maestras que siembran futuro; policías que cuidan con valentía; comerciantes que llenan de vida los mercados. Todas diferentes, pero con algo esencial en común: están transformando la ciudad con orgullo, con coraje y con una voluntad inmensa de no rendirse jamás.

Cada una, desde su trinchera, convierte lo cotidiano en un acto de resistencia. Lo hacen desde la dignidad, sin buscar reflectores. Son las que defienden su derecho a existir, a trabajar, a soñar con seguridad y respeto. Y en ese esfuerzo diario hay una lección para todos: Juárez no solo se sostiene sobre su historia dolorosa, sino sobre quienes la enfrentaron y decidieron escribir un relato distinto, una narrativa de vida y no de muerte.
A veces el mundo nos conoce por lo que hemos perdido, por los titulares que nos marcaron, por las heridas que todavía duelen. Pero Juárez también se cuenta desde lo que resistió, desde la vida que insiste. Desde sus mujeres poderosas, visibles y presentes. Desde quienes hacen que esta frontera sea, ante todo, un territorio lleno de esperanza. Si uno mira con atención, lo descubre en todas partes: en la sonrisa de quien abre un negocio nuevo, en el aula donde una niña levanta la mano, en la enfermera que no duerme, en la artista que pinta el desierto como si fuera una promesa.
Este proyecto, que comienza en estas líneas —y que por primera vez comparto en público—, también se materializa en imágenes. Forma parte de un trabajo fotográfico en desarrollo que presentaré en mayo próximo en el Museo Archivo de la Fotografía, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Una exposición dedicada a las mujeres juarenses que siguen levantando esta frontera día tras día. A las que, con su luz, le devuelven sentido a los espacios donde alguna vez reinó la sombra. Agradezco especialmente a Barby Mondragón, cuya ayuda, acompañamiento y sensibilidad fueron fundamentales para hacer posible este proyecto. Su mirada solidaria y comprometida es parte esencial de este homenaje.
Mi proyecto documental consiste en fotografiar a 10 mujeres juarenses en 10 espacios emblemáticos de Ciudad Juárez. Ya realicé las primeras cinco: ellas son Barby, Maricela, Jazmín, Susana y Meyli, a quienes agradezco su confianza y complicidad en este bello esfuerzo.




