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Por Ulises Castellanos

Existen lugares que uno no elige visitar; de alguna manera, esos lugares llegan a uno. Cuba es uno de esos sitios. La isla se instala en la memoria con sus colores, silencios, contradicciones, el aroma del mar, las fachadas marcadas por el tiempo, y esa mezcla de dignidad, carencias, música y resistencia que se respira en cada calle.

He viajado a Cuba aproximadamente una docena de veces, desde 1990 hasta mi última visita en 2016. He estado allí como estudiante, fotoperiodista y profesor. En cada viaje, encontré una Cuba diferente, aunque siempre reconocible en su manera de mirar al mundo y de observarse a sí misma. Siempre, inevitablemente, me topé con la presencia de Fidel Castro: en los murales, los discursos, las conversaciones, las plazas, y en la forma en que la historia de la isla parecía girar en torno a su figura.

No se puede hablar de Cuba en las últimas décadas sin mencionar a Fidel. Tampoco se puede hacerlo sin reconocer la gran controversia que lo rodea. Para algunos, fue el líder de una revolución que desafió al poder más grande del mundo y defendió la soberanía de su país; para otros, fue responsable de un régimen autoritario, de la falta de libertades políticas, del exilio, y de profundas heridas que aún no sanan. Ambas perspectivas son parte de la historia. Intentar borrar una de ellas sería reducir a Fidel y a Cuba a una caricatura.

En alguna ocasión, tuve la oportunidad de asistir a una cena en el Palacio de la Revolución. Allí conocí a Fidel y conversé con él. Le entregué una carpeta con 40 imágenes de la isla, fotografías que tomé a lo largo de mis viajes. Recuerdo que se detuvo especialmente en una. Era un retrato suyo que hice en la Plaza de la Revolución, en 1998, -durante la visita del papa Juan Pablo II, y que aquí les presento-, me preguntó, con humor, con quién estaba enojado en esa imagen. Intercambiamos bromas. Luego me firmó una fotografía que había tomado en 1990.

Ese momento no modifica mis opiniones sobre la Revolución Cubana ni anula las críticas que merece el poder ejercido durante tantos años. Pero añade una dimensión humana a un personaje que, para bien o para mal, ocupó un espacio enorme en la historia latinoamericana. Ante la figura pública, el líder político y el símbolo ideológico, también estaba un hombre capaz de observar una fotografía, hacer una pregunta y compartir una broma.

Hoy, que Fidel cumpliría 100 años, cuando la isla enfrenta una situación precaria, con escasez, apagones, y cansancio social, cualquier reconocimiento a Fidel debe hacerse con honestidad, no desde la nostalgia ciega ni la condena automática. Reconocer su impacto histórico no significa ignorar el sufrimiento de los cubanos ni justificar lo que les han negado en libertades y oportunidades. Del mismo modo, señalar las deficiencias del sistema no obliga a negar el papel que Cuba desempeñó en las luchas de América Latina, ni la influencia que su revolución tuvo en varias generaciones.

Fidel Castro fue un personaje único de proporciones latinoamericanas: controvertido, poderoso, admirado y rechazado; un hombre que transformó su país y también la percepción del continente ante el mundo. Su legado seguirá siendo objeto de debate, porque la historia no suele cerrar sus cuentas con facilidad.

Prefiero recordarlo también desde aquella fotografía. Desde el gesto de quien se detuvo ante una imagen de sí mismo y quiso saber qué ocurría en su rostro. En esa escena se encuentran la política, la memoria, la ironía y la fragilidad humana. Y quizá ahí, en esa breve conversación entre un comandante y un fotógrafo, se halle una forma más íntima de acercarse a Fidel: sin absolverlo, sin demonizarlo, pero reconociendo que detrás del mito hubo un hombre que marcó para siempre el destino de Cuba y buena parte de América Latina.

Esta imagen, forma parte de mi catálogo expuesto en el Museo Archivo de la fotografía  en este verano. Y no sólo eso, es una de las seleccionadas por el Museo para formar parte de su acervo histórico.

Aprovecho este espacio para agradecer a las 4,299 personas que oficialmente asistieron a mi exposición a lo largo de dos meses. Y aquí me detengo un momento, para darle un agradecimiento particular a Juan Pablo Cardona director del Museo y su equipo, por el profesionalismo demostrado en esta muestra.

Y es en este contexto, que al cierre de mi exposición en el MAF a dos meses de su inauguración, no solo quiero dar las gracias por los comentarios positivos recibidos en este tiempo, también quiero responder a ciertos comentarios que me han hecho llegar y que circulan en redes, particularmente en Facebook donde algunos colegas le han dedicado tiempo al tema.

En primer lugar quiero agradecerles su visita al Museo Archivo de la Fotografía y el tiempo dedicado a recorrer “Mirar para otros”. Ahora bien, que alguien se sienta “engañado” por no encontrar novedad en cuatro décadas de trabajo dice más de sus expectativas que de mi archivo. Ahí no puedo hacer nada.

Sobre la “novedad” y el archivo, les cuento. La exposición no es un catálogo de estrenos; es una curaduría de 76 fotografías que recorren más de 40 años de mi trabajo como fotoperiodista, con series nuevas como “Las Vivas de Juárez”, realizada este mismo año o las imágenes aéreas con drone y algunos retratos de colegas expuestos por primera vez. Si lo nuevo fuera el único criterio de valor, entonces los museos deberían cerrar sus salas de retrospectiva y abrir solo espacios para el arte contemporáneo.

El “ego” vs. la memoria colectiva. El texto de sala de Francisco Mata, propone una reflexión sobre la fotografía periodística como herramienta que registra, interpreta y construye memoria colectiva. Que un visitante -de los que comentan en Facebook- lo reduzca a un “álbum familiar para alimentar el ego” es una lectura tan válida como decir que los archivos históricos son solo vanidad de muertos ilustres. Y un dato extra, en 2018 doné a la Fototeca Nacional más de 100,000 negativos (1985–2005) un acto que difícilmente encaja con la narrativa del “ego” voraz.

Becas y mitos. La crítica en redes sugiere que ciertos creadores “venden su propio mito” para acceder a becas gubernamentales, -por cierto, la última beca que recibí fue en 1996-. Obvio, es una opinión libre, aunque conviene recordar que mi trayectoria incluye coberturas en Chiapas, Cuba, Colombia, Chile, Brasil, Bolivia, Sarajevo, Medio Oriente, Asia, Estados Unidos, Francia, o el ataque a las Torres Gemelas y el sismo en Ciudad de México de 1985, además de haber sido editor gráfico en medios como Proceso, Excélsior o El Universal. Si eso es “vender un mito”, entonces el mito tiene una bibliografía bastante sólida.

En fin, los espacios públicos están para opinar, cuestionar y hasta disentir. Pero confundir archivo con vanidad, y memoria con egocentrismo, es un ejercicio de lectura tan creativo como impreciso. La próxima vez, tal vez convenga visitar la exposición con la idea de mirar para otros, no solo para uno mismo.

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