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Por Ulises Castellanos

El 13 de agosto de 1826, Joseph Nicéphore Niépce consiguió fijar una imagen que la humanidad todavía puede contemplar. Desde la ventana de su casa, en Le Gras, Francia, el inventor hizo que la luz dejara de ser únicamente un fenómeno fugaz para convertirse en memoria. La imagen, conocida como Vista desde la ventana en Le Gras, necesitó varias horas de exposición y fue realizada mediante la heliografía, un procedimiento que utilizaba betún de Judea sobre una placa metálica. Aunque algunos estudios sitúan los primeros experimentos exitosos de Niépce en 1824 y otros ubican la imagen conservada entre 1826 y 1827, existe consenso en que se trata de la fotografía más antigua que ha sobrevivido.

Aquella vista borrosa de tejados y muros no parece, a primera mirada, una revolución. Sin embargo, lo fue. Niépce no sólo registró un paisaje: consiguió detener el tiempo y demostrar que una máquina podía conservar la huella de la realidad sin recurrir al dibujo, al grabado o a la memoria humana. La fotografía nació, así, como una alianza entre ciencia, paciencia y deseo: el deseo de mirar el mundo y conservarlo antes de que desapareciera.

Desde entonces, cada fotografía se convirtió en una disputa contra el olvido. Un retrato guarda una presencia; una escena de guerra conserva una herida; una imagen familiar mantiene vivo a alguien que ya no está. Fotografiar es elegir, encuadrar y excluir. Por eso ninguna fotografía es completamente inocente: toda imagen revela algo, pero también oculta otra parte de la realidad.

Cinco momentos decisivos

Primero: la heliografía de Niépce. En la década de 1820 quedó resuelto el problema fundamental: cómo fijar una imagen producida por la cámara oscura. La luz, que durante siglos había sido observada y estudiada, comenzó a escribir sobre una superficie sensible. La fotografía dejó de ser una aspiración para convertirse en una posibilidad concreta.

Segundo: el daguerrotipo de 1839. Louis-Jacques-Mandé Daguerre perfeccionó el procedimiento y lo presentó públicamente en Francia. El daguerrotipo ofrecía una imagen de gran detalle, aunque única, irrepetible y delicada. Su aparición democratizó lentamente el retrato: por primera vez, personas que no pertenecían a las élites podían aspirar a conservar su rostro para la posteridad.

Tercero: las placas de vidrio y el colodión húmedo. A mediados del siglo XIX, la fotografía se volvió más precisa y reproducible. El negativo permitió obtener varias copias y abrió el camino a los archivos, los álbumes familiares, la documentación científica y el fotoperiodismo. El mundo comenzó a verse a sí mismo con una claridad hasta entonces desconocida.

Cuarto: la película flexible y la cámara Kodak. En 1888, George Eastman popularizó una cámara sencilla con rollo de película. La fotografía dejó de ser un oficio reservado a especialistas que dominaban químicos y laboratorios. La frase “usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto” convirtió la práctica fotográfica en una actividad cotidiana y masiva.

Quinto: la revolución digital y el teléfono móvil. La sustitución de la película por sensores electrónicos transformó la manera de producir, almacenar y compartir imágenes. Hoy una persona puede realizar en un día más fotografías que las que un profesional podía hacer en toda su vida. La paradoja es evidente: nunca habíamos tenido tantas imágenes y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil otorgarle valor a cada una.

La fotografía también cambió al periodismo. Una imagen puede denunciar, conmover y modificar la percepción de un acontecimiento. Pero la velocidad digital trajo nuevos riesgos: fotografías manipuladas, contextos alterados y escenas arrancadas de su significado original. En una época saturada de imágenes, la responsabilidad del fotógrafo consiste no sólo en mirar bien, sino en mirar con ética.

México frente al espejo

México recibió el daguerrotipo apenas unos meses después de su presentación en Francia. El grabador francés Jean François Prelier Duboille llegó al puerto de Veracruz el 3 de diciembre de 1839 y realizó registros del puerto, del convento de San Francisco y del castillo de San Juan de Ulúa. Poco después, en enero de 1840, produjo imágenes de la Catedral Metropolitana y de la Plaza de Armas en la Ciudad de México.

En cuanto a la publicación de la primera fotografía o de las primeras experiencias fotográficas en el país, el antecedente documental más temprano es una nota aparecida el 12 de enero de 1840 en El Diario del Gobierno de la República Mexicana, donde se informó sobre las demostraciones del daguerrotipo realizadas por Prelier. También se documentó, el 26 de febrero de ese año, un anuncio relacionado con un aparato diseñado por Daguerre.

Benito Juárez fue el primer presidente de México fotografiado. Existe un daguerrotipo muy especial. «En él se le observa sentado al centro, a su derecha se encuentra su hermana Josefa y a su izquierda su esposa Margarita”. Todos muy serios, vestidos muy formales, -el retrato era algo muy serio y tomaba varios minutos la sesión- ahí ambas mujeres sostienen flores en sus manos; pocos imaginarían que se trata de la boda de Margarita Maza y Benito Juárez en julio de 1843 en Oaxaca, a sólo tres años de la llegada del daguerrotipo a nuestro país.

Porfirio Díaz fue el primero en utilizar la imagen fija como parte de una estrategia de representación pública. El retrato presidencial dejó de ser sólo un recuerdo privado para convertirse en instrumento político: una forma de construir autoridad, modernidad y permanencia. La cámara comenzó a acompañar al poder, pero también, con el tiempo, a cuestionarlo.

Durante el siglo XX, las figuras fundamentales de la fotografía mexicana fueron Agustín Víctor Casasola, Manuel Álvarez Bravo, Lola Álvarez Bravo, Tina Modotti, Nacho López, Héctor García, Enrique Metinides, Rodrigo Moya, Pedro Valtierra, Marco Antonio Cruz, Enrique Bostelmann, Juan Rulfo, Carlos Jurado, Gabriel Figueroa, Pablo Ortiz Monasterio, Graciela Iturbide, Flor Garduño, Lourdes Almeida, Francisco Mata y Maya Goded, entre muchos otros. Cada uno, desde lenguajes distintos, retrató la vida urbana, la desigualdad, la intimidad, las fiestas, la violencia, los pueblos originarios, el paisaje y las transformaciones políticas del país. La fotografía mexicana no sólo registró la historia: ayudó a imaginar qué significa ser mexicano. Y casi la mitad de ellos siguen vigentes hoy en día ya iniciado el siglo XXI.

Hoy, la inteligencia artificial y las redes sociales han vuelto a transformar la fotografía: los algoritmos pueden corregir una escena, cambiar un rostro, eliminar objetos o crear imágenes enteras sin que exista una cámara ni un acontecimiento real. Las plataformas digitales democratizaron la difusión y permitieron que cualquier persona compartiera su mirada con el mundo, pero también impusieron tendencias, filtros y una estética cada vez más uniforme. El desafío consiste en no confundir perfección con verdad: frente a imágenes capaces de modificar la realidad o fabricarla desde cero, el fotógrafo deberá defender la autoría, el contexto y la honestidad de su mirada, mientras el público aprende a preguntar no sólo qué muestra una fotografía, sino quién la hizo, con qué intención y cuánto de ella ocurrió realmente.

Doscientos años después de Niépce, seguimos intentando fijar lo que se escapa. Cambiaron las cámaras, los materiales y las plataformas, pero permanece intacta la necesidad de dejar una señal contra el olvido. Una fotografía es, en el fondo, una pregunta dirigida al futuro: ¿quiénes fuimos, qué vimos y qué decidimos no dejar desaparecer?

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